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La guerra por la proteína animal

Escrito por: Juan Pascual - Veterinario y divulgador , Manuel Pimentel - Ingeniero agrónomo, escritor y editor
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Los precios de los alimentos suben y suben. Los huevos y algunas carnes se han encarecido en los últimos años más que la vivienda. La demanda aumenta, nunca el planeta ha consumido más carne, leche, huevos y pescado y sin embargo cada vez hay más restricciones a la producción animal en Europa.

 

Tenemos por una parte activistas contrarios a la ganadería y sus productos que, aunque muy minoritarios, han conseguido no poca influencia política que se traduce en restricciones a la producción pecuaria y al consumo de carne.

En ese contexto nace La guerra por la proteína animal, un libro que quiere abrir un debate basado en la ciencia sobre este alimento imprescindible para una dieta saludable, y hacerlo desde el rigor para poner orden en un debate contaminado por ideología, miedo y simplificaciones interesadas.

 

Sostenemos una tesis clara: se ha declarado una guerra contra la proteína animal, y esa guerra no es simbólica.

 

Tiene efectos reales sobre los precios de los alimentos, la salud pública, el mundo rural y la soberanía alimentaria. No hablamos solo de carne, leche, huevos o pescado; hablamos de un pilar básico de nuestra civilización que está siendo cuestionado por un mundo cada vez más urbano que ignora cómo se produce, por qué se hacen las cosas como se hacen y que ve en el agro poco más que un parque temático para su disfrute vacacional.

Pero el campo se vacía y eso tiene un coste social y cultural enorme pues se pierden formas de vida milenarias y sin animales el mundo rural pierde sus gentes, se descuida, no se limpia y acaba ardiendo tal y como pudimos ver este verano en el que se quemó una superficie, tan solo en agosto, equivalente a la isla de Mallorca.

Conviene empezar por lo elemental, aunque resulte incómodo recordarlo. La proteína animal nos hizo humanos.

 

No es una consigna cultural ni una provocación: es un hecho antropológico. Hace unos tres millones de años, cuando nuestros antepasados incorporaron de forma regular carne y grasa animal a su dieta, se produjo una aceleración decisiva de nuestra evolución.

Nada de esto es discutible desde el punto de vista científico. Sin carne no habría Homo sapiens. Sin proteína animal no existirían ni la escritura ni la medicina ni la civilización tal y como la conocemos.

Negar ese hecho histórico es legítimo desde la ideología, pero no desde la ciencia.

 

Hoy, además, los datos son contundentes: allí donde el consumo de proteína animal aumenta, mejoran la estatura media, la salud infantil y la esperanza de vida. Allí donde se restringe —por pobreza o por dogma— aparecen déficits nutricionales graves.

Uno de los grandes éxitos del discurso anticarne ha sido sembrar miedo. Cáncer, enfermedades cardiovasculares, obesidad. Todo se le atribuye a la carne con una ligereza que no resiste el más mínimo análisis serio.

Contiene proteínas altamente biodisponibles, todos los aminoácidos esenciales, vitaminas como la B12 — inexistente en el mundo vegetal— y minerales clave como el hierro hemo, cuya absorción no tiene comparación posible con el hierro de origen vegetal. No es una opinión: es bioquímica básica.

Cuando se cita a organismos internacionales para demonizar la carne, casi siempre se hace de forma parcial o directamente manipulada. Se confunden clasificaciones de riesgo con peligros reales, se omite el concepto de dosis y se silencian estudios que muestran correlaciones positivas entre consumo de proteína animal y longevidad.

El resultado es una sociedad confundida, culpabilizada y, en algunos casos, mal alimentada.

Especialmente niños, adolescentes y mujeres en edad fértil, para quienes numerosas sociedades médicas europeas desaconsejan dietas sin productos animales.

 

¿Tenemos derecho a comer animales? Aquí entramos en el terreno más delicado. Nuestra respuesta es clara: sí. No desde la brutalidad ni desde el desprecio, sino desde la condición de especie omnívora que somos. Comer animales no es una desviación moral; es un hecho biológico compartido con millones de especies.

Eso no significa negar el bienestar animal.

 

Al contrario. Nunca antes en la historia los animales destinados a alimentación habían estado tan regulados, controlados y protegidos como hoy en Europa.

La paradoja es evidente. Humanizamos a nuestras mascotas —lo cual es comprensible—, pero olvidamos que los perros y gatos son carnívoros y dependen de la ganadería para sobrevivir.

Esa incoherencia revela que el debate no es nutricional, sino ideológico.

En esta guerra, ganaderos y pescadores se han convertido en los villanos perfectos.

Criar animales es hoy un estigma social que aleja a las futuras generaciones de este noble oficio, encareciendo aún más, una ya de por sí escasa mano de obra.

La realidad es tozuda: producir carne, leche, huevos o pescado en Europa es cada vez más difícil.

 

Pocas palabras han sido tan eficaces como “macrogranja”. No define nada, pero lo condena todo. No es un término técnico, sino emocional. Sirve para generar rechazo automático hacia cualquier sistema productivo eficiente.

 

La pregunta clave es simple: ¿cómo alimentamos a sociedades urbanas de millones de personas? Sin ganadería intensiva, sencillamente no es posible. Eliminarla no nos devolvería a un idílico pasado rural, sino a un escenario de alimentos caros, escasos y reservados a élites.

+8000 MILLONES DE PERSONAS

Eso no significa que el modelo no deba mejorar. La mejora continua es imprescindible. Pero destruir sin alternativa viable no es transición: es irresponsabilidad.

Pesca y ganadería comparten destino: desprestigio social, exceso normativo y pérdida de vocaciones. Y, con ellas, desaparecen culturas, conocimientos y equilibrios territoriales construidos durante siglos.

La guerra por la proteína animal no es un alegato nostálgico ni un panfleto sectorial. Es una llamada a la responsabilidad colectiva. Nos recuerda que jugar con la alimentación es jugar con la estabilidad social, la salud pública y la autonomía de los países.

Defendemos la libertad de elección. Quien quiera ser vegetariano o vegano debe poder serlo.

Porque despreciar a quienes nos alimentan nunca ha salido gratis en la historia. Y porque, antes o después, la realidad siempre pasa factura

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