Los precios de los alimentos suben y suben. Los huevos y algunas carnes se han encarecido en los últimos años más que la vivienda. La demanda aumenta, nunca el planeta ha consumido más carne, leche, huevos y pescado y sin embargo cada vez hay más restricciones a la producción animal en Europa.

 

Tenemos por una parte activistas contrarios a la ganadería y sus productos que, aunque muy minoritarios, han conseguido no poca influencia política que se traduce en restricciones a la producción pecuaria y al consumo de carne.

  • Dinamarca crea el primer impuesto a las granjas de vacuno y porcino por sus emisiones, el nuevo Real Decreto 315/2025 limita la carne roja y casi elimina los embutidos de los menús escolares, se culpa a la ganadería de calentar el planeta, esquilmar los acuíferos, de deforestar -aunque Europa se haya reforestado en las últimas décadas- incluso de la última pandemia hubo quien acusó a la producción intensiva de ser una fuente potencial de futuras epidemias.

En ese contexto nace La guerra por la proteína animal, un libro que quiere abrir un debate basado en la ciencia sobre este alimento imprescindible para una dieta saludable, y hacerlo desde el rigor para poner orden en un debate contaminado por ideología, miedo y simplificaciones interesadas.

 

  • Escrito por Manuel Pimentel, ingeniero agrónomo y Juan Pascual, veterinario, busca acercar a la sociedad la importancia de un mundo -el rural- que aunque poco poblado sigue siendo quien nos alimenta y que debemos aprender a conocer, respetar y apreciar.

Sostenemos una tesis clara: se ha declarado una guerra contra la proteína animal, y esa guerra no es simbólica.

 

Tiene efectos reales sobre los precios de los alimentos, la salud pública, el mundo rural y la soberanía alimentaria. No hablamos solo de carne, leche, huevos o pescado; hablamos de un pilar básico de nuestra civilización que está siendo cuestionado por un mundo cada vez más urbano que ignora cómo se produce, por qué se hacen las cosas como se hacen y que ve en el agro poco más que un parque temático para su disfrute vacacional.

Pero el campo se vacía y eso tiene un coste social y cultural enorme pues se pierden formas de vida milenarias y sin animales el mundo rural pierde sus gentes, se descuida, no se limpia y acaba ardiendo tal y como pudimos ver este verano en el que se quemó una superficie, tan solo en agosto, equivalente a la isla de Mallorca.

Conviene empezar por lo elemental, aunque resulte incómodo recordarlo. La proteína animal nos hizo humanos.

 

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No es una consigna cultural ni una provocación: es un hecho antropológico. Hace unos tres millones de años, cuando nuestros antepasados incorporaron de forma regular carne y grasa animal a su dieta, se produjo una aceleración decisiva de nuestra evolución.

  • El cerebro creció, el aparato digestivo se redujo, apareció el lenguaje articulado, la cooperación social y, con el tiempo, el arte, la ciencia y la técnica.

Nada de esto es discutible desde el punto de vista científico. Sin carne no habría Homo sapiens. Sin proteína animal no existirían ni la escritura ni la medicina ni la civilización tal y como la conocemos.

Negar ese hecho histórico es legítimo desde la ideología, pero no desde la ciencia.

 

Hoy, además, los datos son contundentes: allí donde el consumo de proteína animal aumenta, mejoran la estatura media, la salud infantil y la esperanza de vida. Allí donde se restringe —por pobreza o por dogma— aparecen déficits nutricionales graves.

  • No es casualidad que casi 3.000 millones de personas en el mundo padezcan malnutrición por falta de micronutrientes esenciales.

Uno de los grandes éxitos del discurso anticarne ha sido sembrar miedo. Cáncer, enfermedades cardiovasculares, obesidad. Todo se le atribuye a la carne con una ligereza que no resiste el más mínimo análisis serio.

  • La carne es, sencillamente, uno de los alimentos más completos que existen.

Contiene proteínas altamente biodisponibles, todos los aminoácidos esenciales, vitaminas como la B12 — inexistente en el mundo vegetal— y minerales clave como el hierro hemo, cuya absorción no tiene comparación posible con el hierro de origen vegetal. No es una opinión: es bioquímica básica.

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Cuando se cita a organismos internacionales para demonizar la carne, casi siempre se hace de forma parcial o directamente manipulada. Se confunden clasificaciones de riesgo con peligros reales, se omite el concepto de dosis y se silencian estudios que muestran correlaciones positivas entre consumo de proteína animal y longevidad.

  • Curiosamente, nunca se titula que no consumir suficientes lácteos aumenta el riesgo de cáncer colorrectal, aunque esté documentado.

El resultado es una sociedad confundida, culpabilizada y, en algunos casos, mal alimentada.

Especialmente niños, adolescentes y mujeres en edad fértil, para quienes numerosas sociedades médicas europeas desaconsejan dietas sin productos animales.

 

¿Tenemos derecho a comer animales? Aquí entramos en el terreno más delicado. Nuestra respuesta es clara: sí. No desde la brutalidad ni desde el desprecio, sino desde la condición de especie omnívora que somos. Comer animales no es una desviación moral; es un hecho biológico compartido con millones de especies.

Eso no significa negar el bienestar animal.

 

Al contrario. Nunca antes en la historia los animales destinados a alimentación habían estado tan regulados, controlados y protegidos como hoy en Europa.

  • Pero el salto conceptual que pretende equiparar moralmente a los animales con los humanos conduce a un callejón sin salida: cuestionar el derecho básico a alimentarnos.

La paradoja es evidente. Humanizamos a nuestras mascotas —lo cual es comprensible—, pero olvidamos que los perros y gatos son carnívoros y dependen de la ganadería para sobrevivir.

  • Defendemos dietas veganas para adolescentes, pero alimentamos con proteína animal a nuestros animales de compañía sin el menor conflicto moral.

Esa incoherencia revela que el debate no es nutricional, sino ideológico.

En esta guerra, ganaderos y pescadores se han convertido en los villanos perfectos.

  • » Invisibles cuando llenan los supermercados, señalados cuando suben los precios.
  • » Se les acusa de contaminar, de maltratar, de ser anacrónicos y de vivir de subvenciones.
  • » Se legisla contra ellos desde despachos urbanos que han olvidado qué significa producir alimentos.

Criar animales es hoy un estigma social que aleja a las futuras generaciones de este noble oficio, encareciendo aún más, una ya de por sí escasa mano de obra.

La realidad es tozuda: producir carne, leche, huevos o pescado en Europa es cada vez más difícil.

  • Normativas acumulativas, burocracia asfixiante, inseguridad jurídica y desprestigio social están provocando el abandono masivo del campo y del mar. El relevo generacional se rompe. Y cuando la producción cae, los precios suben. No por avaricia del productor, sino por pura aritmética.
  • Lo más grave es la contradicción estratégica: reducimos nuestra producción mientras aumentamos nuestra dependencia exterior.
  • Importamos alimentos de países con estándares ambientales y de bienestar mucho más laxos, externalizando impactos y perdiendo soberanía alimentaria. Es una huida hacia adelante que pagaremos caro.

 

Pocas palabras han sido tan eficaces como “macrogranja”. No define nada, pero lo condena todo. No es un término técnico, sino emocional. Sirve para generar rechazo automático hacia cualquier sistema productivo eficiente.

 

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La pregunta clave es simple: ¿cómo alimentamos a sociedades urbanas de millones de personas? Sin ganadería intensiva, sencillamente no es posible. Eliminarla no nos devolvería a un idílico pasado rural, sino a un escenario de alimentos caros, escasos y reservados a élites.

  • Ya ocurrió antes de los años cincuenta. No es una hipótesis; es historia.

+8000 MILLONES DE PERSONAS

Eso no significa que el modelo no deba mejorar. La mejora continua es imprescindible. Pero destruir sin alternativa viable no es transición: es irresponsabilidad.

  • La guerra no se limita a la carne terrestre. El pescado, la llamada proteína azul, sufre un proceso similar. Se acusa a la pesca de insostenible mientras se ignoran décadas de mejora en la gestión de caladeros y el papel crucial de la acuicultura. Paradójicamente, el consumo de pescado cae justo cuando más lo necesitaríamos por razones de salud.

Pesca y ganadería comparten destino: desprestigio social, exceso normativo y pérdida de vocaciones. Y, con ellas, desaparecen culturas, conocimientos y equilibrios territoriales construidos durante siglos.

La guerra por la proteína animal no es un alegato nostálgico ni un panfleto sectorial. Es una llamada a la responsabilidad colectiva. Nos recuerda que jugar con la alimentación es jugar con la estabilidad social, la salud pública y la autonomía de los países.

Defendemos la libertad de elección. Quien quiera ser vegetariano o vegano debe poder serlo.

  • Pero también defendemos, con la misma firmeza, el derecho a consumir proteína animal sin culpa ni estigmatización. Y el derecho de ganaderos y pescadores a producirla con dignidad, rigor y rentabilidad.

Porque despreciar a quienes nos alimentan nunca ha salido gratis en la historia. Y porque, antes o después, la realidad siempre pasa factura

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