
El éxito del engorde de pollos depende esencialmente de la alimentación: que las aves coman pienso en suficiente cantidad y calidad que permita su crecimiento a un ritmo adecuado.
En torno a esta idea giran todas las acciones de la industria: formulación óptima del alimento garantizando todas las necesidades del animal en todas sus fases de crecimiento, maximización de los estándares sanitarios para evitar que las enfermedades resten eficiencia al proceso, y un alojamiento ideal para que la falta de confort no perjudique el nivel de ingesta y el aprovechamiento de los nutrientes.
Si bien estos factores pueden ser la causa en algunos casos, la lógica nos debería indicar que son los responsables menos probables, sencillamente por una cuestión estructural: si fuera el caso, el problema que tenemos en la granja sería común a otras granjas.
Suponiendo que nos llegan pollitos y pienso de calidad, que es lo más probable, el granjero suele centrarse en el control del ambiente de los animales: climatología (temperatura, humedad relativa, velocidad del aire, renovación), abastecimiento de agua y alimento.
El control del agua y del alimento están aún en un nivel bastante atrasado si se compara con el control ambiental.

De estos tres aspectos, la climatología de la nave ha sido el de los más desarrollados por la técnica.

Hoy en día se dispone de completos sistemas de seguimiento (ordenadores) y alteración de dicho ambiente que optimizan su gestión (mantenimiento exacto de las variables dentro de parametrizaciones concretas al menor coste).

El control del agua y del alimento están aún en un nivel bastante atrasado si se compara con el control ambiental. Básicamente el granjero se centra en comprobar con regularidad el correcto funcionamiento de comederos y bebederos.
PERO, ¿ESTÁ SEGURO DE LA CALIDAD DEL AGUA Y DEL ALIMENTO QUE LLEGA A LOS ANIMALES?
Disponemos de sistemas de control en origen, como la garantía que dan los controles en fábrica del alimento o los análisis de agua que deberíamos realizar con cierta frecuencia.
Un alimento oxidado no aporta los nutrientes considerados en la ración, pero además puede llegar a ser nocivo para el propio animal que lo consume.
Las analíticas que corroborarían dicha calidad se hacen inviables por su coste, así que la única herramienta de la que se dispone es la de la observación del comportamiento de las aves y las buenas prácticas en el manejo de estos dos aspectos.
A nivel observación, deberíamos comprobar periódicamente el nivel de higiene de bebederos y su correcto funcionamiento (que no goteen ni estén taponados). Y como buenas prácticas, debemos deshacernos del biofilm del circuito con tratamientos desatascantes después de cada engorde.
El mayor problema lo tenemos con el pienso, dónde sólo nos queda la observación de los animales y las buenas prácticas:
De lo contrario nos exponemos a que el alimento se oxide y enrancie (por el calor y la humedad) y que se traslade esta pérdida de palatabilidad a la ración del día siguiente.
La observación del comportamiento de las aves y las buenas prácticas en el manejo son las dos herramientas víables económicamente.

El plato debe estar diseñado para facilitar el acceso de las aves al alimento, pero debe ser bastante cerrado como para evitar que puedan posarse sobre el pienso o lo desperdicien sacándolo fuera.
El diseño del comedero ideal evita la entrada de los animales dentro del plato.

Además, un diseño que evite la entrada de los animales dentro del plato reducirá también la incidencia de hematomas y las pérdidas asociadas (cojeras en granja y decomisos en matadero).

Teniendo en cuenta los apretados calendarios del ciclo de engorde y las altas densidades de estabulación, está claro que la distribución ad libitum de alimento es la única garantía para conseguir nuestros objetivos de engorde dentro de los plazos esperados.
Para ello se valoran constantemente la cantidad de animales que pueden alimentarse con un único plato sin perjudicar la velocidad de engorde ni la uniformidad.

Sin embargo, no podemos dejar de lado que el alimento es el coste principal en el engorde de los animales.
El pago al ganadero integrado suele estar ligado a la eficiencia de conversión del pienso, por esto le interesa mantener al mínimo el desperdicio de pienso.
En condiciones naturales los animales tienden a evitar defecar donde se alimentan. Sin embargo, las condiciones de cría actuales con altas densidades de estabulación, comprometen bastante este comportamiento.
En una granja, la probabilidad de contaminación fecal del alimento es mucho mayor que en el medio natural, con todas sus consecuencias sanitarias negativas asociadas y su rápida expansión de la enfermedad a toda la manada.

Es por este motivo que los equipos de alimentación deben diseñarse minimizando el riesgo de deyecciones de las aves sobre el alimento o que puedan caminar y posarse sobre él.
En términos económicos debe considerarse que:
Dada la situación del ganadero actual con contratos que premian los buenos resultados productivos -en términos de optimización de la eficiencia alimentaria y de la uniformidad de la manada, y de minimización de los decomisos en matadero- más allá de la inversión en equipos óptimos de climatización, debería centrarse en la optimización del manejo de la alimentación.
Un buen manejo de la alimentación, entendida como una buena selección de equipos y una adecuada gestión de la distribución del pienso, tiene una elevada repercusión en la calidad de nuestros resultados productivos y beneficios económicos.


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