No te pierdas la editorial de nuestro director técnico, José Luis Valls García, para la última edición de la revista aviNews España Diciembre 2025:
En un trabajo publicado en agosto de 2025 en National Geografic se confirmaba que cuando cortamos hojas, las plantas liberan unas sustancias llamadas “compuestos volátiles de hojas verdes (GLV)”.
No se trata únicamente de una respuesta al daño infringido a la planta, sino que responde a un sofisticado sistema de comunicación vegetal profusamente documentado.
Ello demuestra que las plantas no son organismos aislados, sino que son conscientes de las amenazas que las afectan a ellas y a sus vecinas. Esta comunicación no es exclusiva de una única especie, ni de un ecosistema en concreto, sino que puede incluso producirse dentro de un solo ejemplar de grandes dimensiones, como un árbol. Incluso, las hojas no dañadas pueden recibir señales aéreas de una hoja o rama afectada, con lo que deberá prepararse para la propagación de la amenaza.
El compuesto primario que se forma inicialmente es el (Z)-3-hexenal. Se trata de una molécula muy inestable que se convierte rápidamente en otros GLV, como el aldehído foliar y el alcohol foliar. Toda la secuencia, desde el daño físico hasta la liberación, se produce en cuestión de segundos.
Esta reacción química genera a su vez una enzima llamada lipoxigenasa (LOX). Cuando se rompen las membranas celulares, las enzimas descomponen las grasas y los lípidos de la planta, como los ácidos linoleico y linolénico. A continuación, la lipoxigenasa oxigena estos ácidos grasos, creando hidroperóxidos inestables. Estos son luego escindidos por otra enzima, el hidroperóxido liasa (HPL), en moléculas más pequeñas de seis carbonos que se evaporan en el aire.
La producción de estos compuestos no es inocua. La producción de estos compuestos se desencadena por daños físicos en los tejidos vegetales, como los provocados por el corte de una cortadora de césped, el arranque de una fruta de su árbol o la mordedura de un insecto. Este estrés mecánico rompe las células vegetales, lo que inicia una rápida cascada bioquímica. Este proceso es una respuesta de defensa especializada que comienza casi instantáneamente tras la lesión.
Otra función es la defensa indirecta, que actúa como una “llamada de auxilio química”. La mezcla de GLV liberada por una planta devorada por insectos es diferente de la mezcla que se produce por un simple daño mecánico.
Eso no es todo. Al detectar GLV de una vecina, es posible que una planta no despliegue inmediatamente todas sus defensas, ya que esto requiere mucha energía. En su lugar, entra en un estado de alerta máxima conocido como “preparación”. La planta receptora prepara sus sistemas defensivos, de modo que, si es atacada más tarde, su respuesta sea más rápida y contundente. Esto puede implicar la acumulación de precursores químicos defensivos o el aumento de la expresión de genes relacionados con la defensa.
La comunicación aérea se extiende a las plantas cercanas, que pueden detectar GLV de vecinos dañados en un proceso descrito como “escucha clandestina”. En otras palabras: una planta intacta que detecta estas señales químicas de advertencia puede prepararse para una posible amenaza antes de ser atacada, lo que maximiza la respuesta defensiva de toda la comunidad, pero desgraciadamente su problema es que no pueden huir físicamente de su amenaza.
Así, ¿ qué van a hacer los veganos ? ahora que conocen que las plantas sufren y saben cuando las van a cortar de su mata o del árbol. Asunto que parece lógico pues también son seres vivos.
Al margen de éste estudio científico y de otros, el consumo de estos productos industriales de vegetales se ha reducido en España en un 2 % en los dos últimos años. La percepción de que se trata de productos artificiales y muy elaborados se va imponiendo entre los consumidores.

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